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El Café de Nadie es un proyecto cultural que tuvo sus inicios en la colonia Roma en 1889, específicamente en el pasaje El Parián, después fue trasladado a la calle de San Luis Potosí.

Fue un espacio de sociabilidad intelectual del movimiento estridentista durante la primera mitad de los años 20. Fue de vital importancia en estos años iniciales de conformación de identidad de la vanguardia, no solo porque fungió como lugar de reunión de aquellos que comenzaron a referirse como estridentistas sino porque contribuyó a la difusión de las ideas y de las obras del movimiento.

Arqueles Vela, personaje frecuente de aquel café, decía que parecía parte de una "ciudad petrificada" con "paredes de tiempo", donde no existían leyes físicas; las personas y objetos ascendían entre "cigarrillos intelectuales" y "el alcohol que destilan las tardes". 

Arqueles fue quien contó que ahí nació el estridentismo, un movimiento artístico literario fundado por el poeta Manuel Maples Arce a principios de 1922, que buscaba causar un estruendo, romper con la tradición.

Según los investigadores Marco Frank y Alexandra Pita González, Maples Arce quería “una renovación radical de la poesía y del arte” para el México posrevolucionario al modo de las vanguardias europeas, mediante provocaciones, polémicas y el uso de la prensa.

Maples Arce relata una versión sobre su primer encuentro con este local al que llegó durante un paseo nocturno, lo describía cómodo y agradable, con varios salones, acabados de madera oscura y un jardín interior.

“Esta tranquilidad era exactamente lo que yo necesitaba. Mi búsqueda de soledad y silencio me hacía utilizar el sótano de mi casa destinado a los baúles vacíos. Este café fue mi refugio. Allí nadie me molestaba ni interfería y no pocas veces salí de el sin que el camarero hubiera aparecido. Necesitaba palmotear insistentemente y ni así se presentaba. Desde entonces fui a instalarme en dicho café para leer y escribir los artículos de la revista, particularmente cuando el mal tiempo interrumpía mi habitual paseo y la lluvia tamborileaba en las vidrieras”.

Según el cronista Marco Antonio Campos, esta historia es “más realista y más fiel a la verdad pero mucho menos bella”.

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