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Esta historia del Difunto Ahorcado, conocido también como el hombre que murió dos veces, ocurrió un domingo 7 de marzo de 1964, día en que la gente que se encontraba cerca del Palacio del Arzobispado contempló un hecho insólito.

La Plaza del Difunto Ahorcado 

Por la Plaza Principal o Plaza Mayor, la población vio pasar una mula y sobre ella iba un indígena sosteniendo a un hombre blanco para que no cayera. Se trataba del cadáver de un caballero portugués que había estado en la cárcel por asesinar al alguacil del penal de Iztapalapa.

Además, iba un pregonero que a gritos narraba las causas de muerte del portugués. Ese día era domingo y a las 7 de la mañana los presos escuchaban misa, pero el hombre fingió estar enfermo, sin que nadie sospechara que se suicidó.

Al terminar la celebración religiosa, los carceleros encontraron su cuerpo e informaron a los alcaldes de la corte. A su vez, hicieron averiguaciones para descubrir si contó con la ayuda de cómplices. Este caballero había sido condenado a muerte por el delito de homicidio, por lo tanto se pidió licencia al Arzobispado para que aplicaran la pena al portugués.

Aquel día se festejaba a Santo Tomás de Aquino, por lo que no estaba permitido ejecutar a nadie. Sin embargo, la patria se podía hacer justicia y ordenaron que fuera ahorcado el ya difunto en la Plaza Mayor, todo esto para que sirviera de escarmiento para quienes cometieran ese tipo de actos. 

Así, pasearon al cadáver sobre la mula por toda la ciudad. Luego lo colgaron frente al Palacio Real. Todo el proceso se hizo como si estuviera vivo. Algunos curiosos se acercaron para presenciar la escena. También era costumbre llevar a las ejecuciones la imagen de un Cristo, pero en casos de suicidios se omitía, por lo que a la ejecución del extranjero no la llevaron.

Después de la ejecución empezó a soplar un viento fuerte y las campanas de las iglesias se tocaron solas, entonces los espectadores creyeron que aquel hombre tenía un pacto satánico o era el mismísimo diablo. Algunos sacaron cruces, otros jóvenes empezaron a lanzarle piedras al cadáver.

Los habitantes pidieron que se llevaran lejos el cuerpo del difunto ahorcado, pero como eran tan graves sus delitos no se le podía sepultar en algún panteón, de modo que lo arrojaron a las aguas del lago de San Lázaro. 

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